Arranques geométricos/ Crítica de Arte
El Mercurio
20 Octubre 2013

Como dijimos a propósito de Sutil, en Chile el fundamento geométrico de la abstracción sigue hallando nuevas formas de expresión. Volvemos a comprobarlo en exhibiciones de estos días. Una corresponde a Patricio Court —Galería AMS Marlborough—. Además, es la suya la más madura y personal. En efecto, mediante soportes de cartón —la mayoría—, saco de yute –las cinco piezas grandes— o madera –una vez— construye pinturas de texturas ásperas, gruesas. Unifica su rusticidad característica con recuerdos del tejido indígena, cuyos poderosos ángulos rectos definen un ritmo siempre variado de cuadrados y rectángulos, de superficies que amasan acrílico industrial, arena, polvo de mármol. En ocasiones se pegan cartulina, madera o, incluso, pedazos desechados de grabado sin color. Pero esto no en la dirección del collage, sino en todo momento en función del sentido plano del cuadro clásico. Por su lado, la tan genuina costura del saco campesino cumple, con frecuencia, un rol protagónico y original. Y tales materiales saben hablarnos con refinamiento, tanto a nuestros ojos como a nuestros dedos.

En el empleo del color, el artista resulta económico, aunque manejándolo a través de las dosis y acordes más justos. Predominan los ocres dentro de un rango de intensidades muy rico: desde el cercano al blanco hasta el vibrante próximo al naranja. También todos ellos dialogan con grises y, sobre todo, con la intensidad desafiante del negro. Por ejemplo, la pintura que porta el número 7 en la exposición. Se desprende de ella un aire misterioso, junto con mostrarnos la capacidad evocativa de cierta abstracción. O tenemos la exquisitez lineal del N° 5, el dinamismo rítmico con que se conjugan los ángulos rectos del N° 18, el diálogo ocre oscuro y gris en los N° 29 y 27. Hasta como armonioso grafiti se nos ofrece el interesante N° 21.

A una órbita visual enteramente distinta nos conduce, en Sala CCU, la poco conocida entre nosotros Soledad Pinto. Sin embargo, su amplia escultura instalación ostenta, asimismo, la geometría y el ángulo recto como capital cimiento volumétrico. Pero ahora aquella pareciera sustentarse, al mismo tiempo, en la simplicidad de un minimalismo al modo de Sol LeWitt y en los vivos efectos visuales del op art. Es que su laberinto, en lo constructivo, se limita a reiterar un mismo módulo, consistente en un entramado de dobles muros, cuyas barras delgadas de fierro negro conforman una firme malla traslúcida de pequeños cuadrados. Con una altura de 2 metros y casi 300 m2 de superficie basta para atrapar los sentidos sensoriales del visitante. Es que opera la obra por transparencias, capaces de generar nuevos, cambiantes puntos de mira según los desplazamientos del observador. Se produce, entonces, un claroscuro de las más variadas intensidades. Este oscurecerse y aclararse llega a diluir la corporeidad de otras personas que transitan la semiarquitectónica construcción. Sin testigos, en cambio, el recorrido logra provocar la sensación global de soledad y encierro. No obstante, para actuar en plenitud, esta obra exige mantener cerradas a cualquier visión exterior las dos murallas con cristaleras de la sala de exhibiciones, junto con reinar el más completo silencio.