Samy Benmayor: "Ya no nos vemos tanto con Bororo, estamos tan viejos"
La Tercera
25 Diciembre 2011

En el taller que Samy Benmayor (55) tiene hace más de una década en el Barrio Italia, no queda una sola obra de arte. Hace dos semanas el lugar con pinta de bodega, con techos altos y paredes blancas, estaba repleto de grandes lienzos. Pero por estos días emigraron a Vitacura para exhibirse en la galería AMS Marlborough hasta el 31 de enero de 2012. En lo estricto, el artista acaba de salir de vacaciones. "Funciono como el colegio, entro en marzo y salgo en diciembre. Claro que los horarios son más extremos, de 11 de la mañana a 10 de la noche", dice.

Allí, Benmayor cocina, escucha música y pinta mucho. Para esta muestra desplegó en el taller ocho telas y 18 collages, que iba trabajando en simultáneo. "Primero pinto unas rayas, luego le doy color y sigo con otra. Hay veces que la pintura está muy bien, pero tú sientes que debería tener más enjundia, que podría estar mejor, entonces hay que arriesgarse a continuar, es difícil, porque puede salir bien o puede embarrar todo", cuenta el pintor, quien en 2012 cumplirá 30 años desde que hiciera su primera muestra individual en la Galería Sur. A estas alturas, hace revisiones.

"La muestra se llama Fue mucho más de lo que pensé, porque cuando estaba recién partiendo nunca sospeché todo lo que podía dar la pintura, todo lo profunda que puede ser, todo lo capaz que es de expresar los procesos mentales. Hoy lo veo y lo valoro. Tengo un afecto inmenso por este oficio, ha sido el centro de toda mi vida", señala.

En plenos años 80, cuando la pintura estaba declarada muerta frente al auge del vídeo arte y la performance, surgió una nueva generación de pintores de la U. de Chile, herederos de Pollock y De Kooning, a reivindicar la disciplina: Benmayor, Bororo, Matías Pinto D'Aguiar, Bruna Truffa y Jorge Tacla eran algunos de los que que se negaban a dejar el pincel. "Imagínate, nosotros lo único que queríamos era pintar y salieron unos críticos a decir que estaba muerta. No todos eran así, en la escuela nos hacía clases Adolfo Couve, que defendía el arte del siglo XIX".

Al principio el éxito era como una montaña rusa, pero a inicios de los 90 el panorama cambió. Susana Mansilla, economista y esposa de Benmayor, tomó el control de su carrera y la de sus cuatro amigos, Bororo, D'Aguiar y Pablo Domínguez y los convirtió en los más exitosos de su generación. "La Susana rayaba con lo que hacíamos, estaba tan convencida de que éramos buenos, que no le costaba nada convencer a empresarios a que nos compraran las obras. Ella fijó los precios, se relacionaba con las galerías y nos organizó muestras en Italia, Alemania y México", cuenta el pintor. "Ahora ya no necesito tanta publicidad. Todo mi esfuerzo está en que mi pintura sea buena".

Sangre joven

Por décadas fueron inseparables, compartían talleres en Santa Victoria y se reunían en almuerzos interminables y jornadas maratónicas de pintura. Hasta que en 2008, Pablo Domínguez, el más joven del grupo, murió de cáncer. "Fue lo más doloroso que he vivido. El era quien nos juntaba, el que armaba cosas, era tan agradable y liviano, tenía cara de pájaro y una inteligencia envidiable. Ya no nos vemos tanto con Bororo, estamos tan viejos que ya no sabemos qué contarnos. La muerte de Pablo cambió todo", dice el pintor.

A cambio de sus amigos de juventud, Benmayor se refugia en la nueva camada de artistas, que conoce a través de sus hijos Matilde (22) y José (26), ambos pintores. "Son increíbles, súper jugados. Lo que me raya es cómo los lenguajes cambian. Con José algo compartimos, pero yo soy más angustiado y torpe, él pinta mucho mejor. Mis referentes eran los pintores abstractos y los de José son Los Simpsons. Es alucinante, porque la imagen digital lo cambia todo. Uno cree que nada nuevo puede hacerse, pero los jóvenes pueden. No es que sean innovadores, sólo son jóvenes, les sale natural", dice Samy.

Aparte de ese círculo, el artista tiene un nuevo amigo: Eduardo, que ha sido crucial en esta muestra. Por primera vez el pintor exhibe junto a sus pinturas, caracterizadas por la irreverencia del trazo y la gráfica al límite de lo infantil, una serie de collages, hechos en papel con relieve, donde junta caricaturas y fotos propias, pinturas y frases que saca de todos lados. "Mezcló a Confucio con John Keats y con lo que me dice Eduardo, me hace mucha gracia eso. Le digo que me mande frases, me inspira mucho realmente, es muy divertido", cuenta.

¿Ha cambiado mucho tu pintura?

Espero que sí, que sea distinta. Creo que es una pintura más educada, que ha visto más cosas, más interesante, siempre un tránsito entre lo abstracto y figurativo que tenga humor y que todo fluya. Siempre hago hallazgos y eso me mantiene interesado. Pero la verdad es que a la pintura le importa un huevo todo lo que pase. La pintura siempre está ahí.